Las manos de Arturo le recorrían cada ínfima parte de su cuerpo, haciendo que temblara debajo de él, y que su respiración, ya de por sí agitada, se acelerara aún más.
Sentía el cuerpo ardiendo a pesar de la gelidez del aposento, y del hecho de que al otro lado de la ventana la nieve caía cubriendo las calles de Camelot. Pero no notaba el frío, el calor que despedía su cuerpo y el del príncipe eran lo suficiente para caldear las sábanas... y su corazón.
Merlín jadeó al notar los labios húmedos de Arturo en el lóbulo de la oreja y como éste se lo mordisqueba ligeramente. Su idiota había encontrado su punto débil.